
¿Cómo pueden las bibliotecas andaluzas medir de forma sencilla el impacto energético de sus servicios basados en IA?
Lo primero es medir, aunque sea de manera sencilla, en lugar de estimar el impacto por intuición o sentido común. Yo empezaría seleccionando unas cuantas tareas representativas, como una consulta al catálogo, un resumen, una búsqueda asistida por IA, y mediría cuatro cosas: la calidad de la respuesta, el tiempo que tarda, la memoria que utiliza y la energía consumida. En nuestra investigación lo resumimos como PTME: precisión, tiempo, memoria y energía. Los ordenadores actuales disponen de contadores que permiten medir energía directamente; por ejemplo, RAPL en muchos procesadores Intel. No hace falta convertir una biblioteca en un laboratorio.
Una medida muy comprensible sería hablar de julios por consulta útil o de energía por tarea correctamente resuelta. Esto evita un error importante: considerar sostenible un sistema simplemente porque consume poco, aunque responda peor. Después podemos multiplicar ese coste por miles de consultas y estimar el impacto real del servicio. Y conviene distinguir energía de huella de carbono: primero medimos los julios o kilovatios-hora; las emisiones dependerán además de cómo se haya producido esa electricidad. En nuestros trabajos estamos precisamente defendiendo que la energía pase a ser una métrica normal del software y de la IA, no algo que se calcule al final.
En la transición «de la teoría a la práctica», ¿cuál es el obstáculo técnico más común que enfrentan las instituciones culturales?
Diría que el principal obstáculo no es conseguir un modelo de IA, sino convertir una demostración en un servicio fiable. Hoy podemos montar un chatbot en unas horas; otra cosa es conectarlo correctamente con catálogos, repositorios y documentos, controlar qué información puede utilizar, proteger los datos de los usuarios, evaluar sus respuestas, actualizarlo y mantenerlo funcionando durante años.
Ahí entra algo que a veces se olvida: la ingeniería del software para la inteligencia artificial, necesitamos más expertos en este tema. Un sistema que responde muy bien en una demostración todavía no es un servicio bibliotecario. Hay que probarlo con los usuarios, los documentos, el hardware y las cargas reales de esa biblioteca, y medir qué calidad ofrece y qué recursos consume. Parte de mi investigación actual va precisamente en esa dirección: aplicar a la IA el mismo rigor de diseño, medición, prueba y optimización que llevamos décadas aplicando al software.
¿Existe un modelo de «IA de bajo consumo» que sea viable para bibliotecas con presupuestos limitados?
Sí, pero no creo que exista el modelo de bajo consumo que sirva para todo. La estrategia correcta es utilizar el modelo más pequeño que resuelva bien la tarea concreta. En nuestros experimentos trabajamos con modelos compactos (tiny LLMs) de aproximadamente 1.000 a 7.000 millones de parámetros que pueden ejecutarse localmente en un solo ordenador. Eso puede aportar además privacidad, funcionamiento sin conexión permanente y control sobre los costes, aunque naturalmente hay que comprobar que la calidad sea suficiente para cada aplicación.
Hay además muchas formas de reducir su coste. Podemos cuantizar un modelo (es decir, representar parte de sus parámetros con menos bits en el ordenador), modificar inteligentemente cómo ejecuta sus componentes o utilizar un modelo pequeño para las tareas sencillas y recurrir a uno mayor sólo cuando sea realmente necesario. En trabajos nuestros de 2026 conseguimos reducir hasta alrededor de un 40 % el tamaño de determinados modelos mediante cuantización heterogénea con una pequeña pérdida de calidad, y en otros experimentos reducir aproximadamente un 30–40 % su energía mediante refactorización interna manteniendo una alta similitud semántica de las respuestas.
Por eso, para una biblioteca con recursos limitados, «IA sostenible» no debería significar comprar más hardware, sino usar inteligencia también para decidir cuánta inteligencia necesitamos.
¿Qué esperas de las XXIII Jornadas Bibliotecarias de Andalucía?
Espero sobre todo aprender y conversar con quienes conocen los problemas reales de las bibliotecas. Llego como investigador en inteligencia artificial y profesor de la Universidad de Málaga, pero también como usuario intensivo de bibliotecas: para mi propia investigación, para mis alumnos y para el trabajo cotidiano de mi grupo. Para mí una biblioteca no es una abstracción, sino una infraestructura esencial para investigar, enseñar y acceder al conocimiento.
Me gusta especialmente que estas Jornadas relacionen tecnología, sostenibilidad y compromiso comunitario. El propio programa conecta mi ponencia sobre IA sostenible con la huella de carbono de las prácticas bibliotecarias, la transparencia de la IA, la función social de las bibliotecas y posteriormente su papel en el territorio y la comunidad. Espero que podamos pasar del debate genérico sobre si la IA es buena o mala a preguntas mucho más interesantes: para qué merece la pena utilizarla, cómo medir su coste y cómo obtener más valor social con menos recursos.
¿Qué opinión te merece el trabajo de la AAB en favor de la profesión?
Una profesión que está experimentando cambios tecnológicos tan rápidos necesita espacios estables donde compartir conocimiento y hablar con una voz colectiva. La Asociación Andaluza de Bibliotecarios lleva trabajando desde 1981 en esa dirección: formación permanente, publicaciones, grupos de trabajo, defensa profesional y unas Jornadas que permiten intercambiar experiencias entre bibliotecas muy diferentes. Además, creo que a través de FESABID mantiene conexión con estructuras europeas e internacionales como EBLIDA e IFLA, lo cual es muy positivo.
Su papel se vuelve todavía más importante ahora con la inteligencia artificial. Ninguna biblioteca, y especialmente las pequeñas, puede evaluar por sí sola cada nuevo modelo, herramienta o riesgo que aparece. Una asociación profesional puede transformar muchas experiencias aisladas en conocimiento compartido y ayudar a que la tecnología no agrande las diferencias entre instituciones con muchos recursos y aquellas que tienen menos. Esa capacidad de compartir conocimiento para que avance toda la profesión me parece especialmente valiosa.