ENTREVISTAS 23JBA: Carlos Miguel Tejada Artigas

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¿Cuál es el factor que más incide hoy en la insatisfacción laboral del bibliotecario español?

Antes de entrar en detalle, quiero señalar que mis respuestas se basan en los datos del informe que desde el Grupo de Trabajo de Desarrollo Profesional del Consejo de Cooperación Bibliotecaria he elaborado a partir de la encuesta realizada a 2.604 profesionales de bibliotecas españolas, un estudio que ofrece un diagnóstico bastante completo de la situación del sector y que será publicado próximamente por el Ministerio de Cultura. Con esa base, paso a responder a la primera pregunta.

Sin duda, las escasas posibilidades de promoción profesional. Es el factor peor valorado de todos los analizados (2,80 sobre 5) y el dato se confirma cuando preguntamos directamente: un 62% del personal bibliotecario manifiesta no tener perspectivas de progresar en la escala profesional, y casi un 28% se declara muy en desacuerdo con esa posibilidad. A esto se suma el salario, que tampoco logra una valoración positiva. Lo llamativo es que estos dos elementos —promoción y retribución— contrastan con la alta satisfacción que genera el contenido del trabajo en sí: el contacto con los usuarios, el compañerismo o las tareas desempeñadas. Es decir, el problema no está tanto en lo que se hace, sino en la falta de recorrido profesional y de reconocimiento económico a ese trabajo.

 

¿Cómo ha evolucionado la brecha entre la formación académica y las demandas tecnológicas reales del puesto?

Esa brecha es uno de los hallazgos más reveladores del estudio. Por un lado, casi un 24% de las necesidades formativas que el propio personal identifica de forma espontánea apuntan a la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías: es, con diferencia, la principal demanda formativa hoy. Pero cuando miramos lo que realmente se hace en el día a día, el panorama cambia: solo entre un 5% y un 18% del personal desarrolla tareas tecnológicas avanzadas como mantenimiento de sistemas, repositorios digitales o desarrollo de herramientas. Es decir, se pide formación en algo que luego, en la práctica, apenas se ejecuta. Esto no significa que la demanda sea artificial, sino que muchas plantillas —mínimas, sobrecargadas y sin tiempo— no tienen margen para aplicar esas competencias aunque las consideren necesarias. La brecha, por tanto, no es solo formativa: es también organizativa y de recursos.

 

¿Se detecta un cambio generacional en la percepción de la vocación frente a la profesionalización técnica?

Sí, hay un matiz generacional claro, aunque la vocación sigue siendo el eje común. En todas las edades, el principal motivo para entrar en la profesión sigue siendo el interés por las propias tareas bibliotecarias. Pero entre los menores de 29 años aparece con mucha más fuerza un componente pragmático que casi no existe en generaciones anteriores: un 28% reconoce haber elegido la profesión por tratarse de un trabajo «cómodo» y un 17% por la oferta de plazas de funcionario, frente a apenas un 2% y un 3,5% respectivamente entre los mayores de 60 años. Es decir, los jóvenes no han abandonado la vocación, pero la combinan con una búsqueda explícita de estabilidad, en un mercado laboral que perciben como mucho más incierto que el que encontraron sus predecesores. La promoción profesional, además, es el único factor de satisfacción que valoran sensiblemente más que el resto de grupos de edad, lo que confirma que para ellos la dimensión «técnica» y de carrera pesa más que para sus mayores.

 

¿Qué esperas de las XXIII Jornadas Bibliotecarias de Andalucía?

Espero, sobre todo, que sirvan para poner en común dos realidades que a menudo se analizan por separado: los grandes retos que plantea el lema de estas Jornadas —tecnología, sostenibilidad y compromiso comunitario— y la situación real del profesional que tiene que llevarlos a la práctica. Me parece muy acertado que el programa ponga el foco en el papel de la biblioteca como infraestructura social en el medio rural y en su función frente a la desinformación, porque son precisamente los ámbitos donde más se nota la tensión entre lo que se le pide al sector y los recursos humanos y formativos con los que cuenta. Espero también que las Jornadas sean un espacio de encuentro real entre profesionales de distintos territorios y tipologías de biblioteca, porque una de las conclusiones más claras de nuestro estudio es que el colectivo bibliotecario anda escaso de cohesión asociativa y de oportunidades para compartir experiencias. Córdoba es una buena ocasión para eso.

 

¿Qué opinión te merece el trabajo de la AAB en favor de la profesión?

Lo valoro muy positivamente, y además creo que su trabajo conecta directamente con algunas de las carencias que hemos detectado en nuestro estudio. La AAB lleva más de cuatro décadas haciendo justo lo que el sector necesita: organizar formación continua, propiciar el encuentro entre profesionales a través de las Jornadas, y reivindicar la mejora de las condiciones laborales y la promoción profesional, que son precisamente dos de los puntos más débiles que señala nuestra encuesta. Su papel es todavía más relevante si tenemos en cuenta que la pertenencia a un colectivo profesional aparece como uno de los factores peor valorados por los propios bibliotecarios, lo que apunta a un cierto desapego asociativo dentro del sector. Asociaciones como la AAB son justamente el antídoto frente a eso: dan voz colectiva a un colectivo muy fragmentado en plantillas pequeñas y dispersas por el territorio, y eso, a largo plazo, es tan importante como cualquier mejora salarial o normativa.

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