ENTREVISTAS 23JBA: Juan Repiso Arteche

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¿Cómo garantizar la soberanía de los datos de las bibliotecas frente al avance de grandes corporaciones tecnológicas?

La soberanía de los datos no se garantiza con declaraciones de intenciones, sino con decisiones de arquitectura. En mi opinión descansa sobre tres pilares. Primero, el software libre: cuando una biblioteca trabaja con sistemas como Koha, AtoM o Archivematica, puede auditar el código, saber exactamente qué se hace con sus datos y, sobre todo, cambiar de proveedor sin perder ni su información ni su inversión. La soberanía empieza por no estar cautivo. Segundo, la infraestructura: los datos de las bibliotecas públicas deben residir donde la institución decida —ya sea infraestructura propia o proveedores europeos sujetos al RGPD—, no en plataformas cuyo modelo de negocio consiste precisamente en explotar esos datos. Y tercero, los estándares abiertos (MARC, OAI-PMH, EAD, EDM): son la garantía de que la información es de la biblioteca y no del sistema que la almacena.

En España ya hay experiencias de redes públicas completas funcionando sobre software libre que demuestran que este modelo no es una utopía militante, sino una alternativa madura, robusta y sostenible. La cuestión ya no es si es posible, sino si queremos que las decisiones sobre el patrimonio informacional público las tomen las administraciones.

 

¿Es posible la personalización de servicios mediante tecnología sin comprometer la privacidad absoluta del usuario?

Seré honesto: la privacidad absoluta y la personalización son técnicamente incompatibles, porque personalizar exige conocer algo del usuario. Pero esa no es la pregunta relevante. La pregunta relevante es si podemos personalizar con proporcionalidad y bajo control de la biblioteca, y la respuesta es claramente sí.

Las claves son conocidas: minimización (usar solo el dato imprescindible), consentimiento real y revocable, anonimización y agregación para la analítica, y —la más importante— que el procesamiento ocurra dentro de la infraestructura de la institución, sin ceder datos a terceros. La irrupción de la IA hace esto aún más crítico: hoy es perfectamente viable ofrecer búsqueda en lenguaje natural o recomendaciones sin que los datos del lector salgan del sistema bibliotecario. La diferencia entre un modelo y otro no es tecnológica, es de diseño y de voluntad.

Las bibliotecas parten además con una ventaja moral enorme: son de las pocas instituciones en las que el ciudadano confía plenamente con sus datos. Esa confianza es un activo que ninguna gran plataforma tiene, y protegerla debe ser un criterio de diseño, no una casilla de cumplimiento normativo.

 

¿Qué esperas de las XXIII Jornadas Bibliotecarias de Andalucía?

Espero sobre todo conversación honesta. El sector vive un momento de decisiones importantes —IA, soberanía tecnológica, sostenibilidad de los sistemas— y las jornadas presenciales siguen siendo el mejor lugar para contrastar experiencias reales, no discursos. Espero aprender de lo que están haciendo las bibliotecas andaluzas, compartir lo que hemos aprendido implantando tecnología abierta en redes públicas, y volver de Córdoba con más preguntas buenas que respuestas cerradas. 

 

¿Qué opinión te merece el trabajo de la AAB en favor de la profesión?

Un trabajo imprescindible y, me temo, no siempre suficientemente reconocido. Mantener viva durante décadas una asociación profesional —con sus jornadas, su boletín, su labor formativa y de representación— exige una constancia que solo se explica desde la vocación. En un momento en que la profesión bibliotecaria necesita voz propia ante las administraciones y ante la transformación tecnológica, contar con asociaciones sólidas como la AAB no es un lujo: es una condición necesaria. Mi agradecimiento sincero por la invitación y por el esfuerzo de organizar unas jornadas de este nivel.

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