
¿Cómo se puede integrar al usuario en la estrategia de reducción de huella de carbono de la biblioteca?
El usuario no es un mero espectador de la sostenibilidad de la biblioteca: es parte activa de su huella de carbono, sobre todo de la digital que durante demasiado tiempo ha permanecido oculta y que ahora vamos conociendo. Mi punto de partida es claro: solo se puede gestionar aquello que se visibiliza.
Ahora bien, la clave no está en restringir, sino en ser consciente. Si una persona ve, en tiempo real, el consumo energético y las emisiones que genera una consulta a un sistema de IA generativa, una descarga o el almacenamiento indefinido de archivos que no se reutilizan («datos oscuros» que consumen energía y generan huella de carbono sin aportar valor), cambia su comportamiento sin necesidad de imposición. Esto que afirmo lo he podido constatar empíricamente en el proyecto piloto de la investigación que realicé como trabajo fin de máster. Se trata del primer estudio documentado en España, que midió la huella de carbono del uso de IA generativa en la Administración Pública[1], con foco en la fase de inferencia, es decir, en el uso cotidiano que hacemos los usuarios. La mera visibilización del impacto, tanto energético como de huella de carbono, fue suficiente para que más de la mitad de los participantes municipales adoptaran, por iniciativa propia, prácticas de Green Prompting, sin que nadie redujera por ello el uso de la herramienta ChatGPT.
Por eso es importante visibilizar para comprender y empezar a actuar en consecuencia y coherencia con los principios y valores de nuestras instituciones. Conviene poner cifras al impacto oculto, para ser conscientes de la realidad: una consulta a ChatGPT consume, aproximadamente, la energía de una bombilla LED de 5W encendida durante una hora y veinte minutos[2].
Frente a la creencia extendida de que lo costoso está en el entrenamiento de un modelo de la IA, que tiene un impacto significativo tanto en consumo energético y de agua como en huella de carbono, la evidencia apunta a que la fase de inferencia -el uso diario que hace cada usuario de herramientas de IA- puede representar hasta el 90 % del consumo energético de todo el ciclo de vida de un modelo de inteligencia artificial[3].
Reflexionemos un poco: cuando enviamos una consulta (prompt) formamos parte de estos datos de impacto al medio ambiente. Esto ocurre a una escala de, aproximadamente, 15.000 millones de tokens por minuto en la infraestructura de OpenAI, con 900 millones de usuarios activos semanales solo de ChatGPT, según datos de la empresa, de modo que el impacto agregado del uso cotidiano alcanza magnitudes comparables a las del entrenamiento -que solo ocurre una vez- de los modelos. Si del uso diario pasamos a la infraestructura que lo sostiene, el dato de ejemplo es igual de elocuente: se necesitan unos 8.000 litros de agua para fabricar un solo chip informático[4] (los centros de datos de hiperescala de Open AI pueden llegar a albergar cientos de miles de chips de IA).
La IA generativa irrumpió en noviembre de 2022 con ChatGPT. En 2024, un estudio de Graphite[5] concluía que «los artículos generados con IA ya superaban a los escritos por humanos en la web». Ahora pensemos en el volumen diario de texto, imágenes, videos, audios, etc. que generamos e imaginemos las cifras del impacto. Abruman.
Y esa inquietud no es solo mía: en febrero de este año 2026, representantes de 91 países y organizaciones internacionales firmaron la Declaración de Nueva Delhi sobre el Impacto de la IA[6]. Esta declaración, que establece el marco ético global, reconoce que el despliegue masivo de la inteligencia artificial incrementa, de forma significativa, la demanda de energía, infraestructuras digitales y recursos naturales, con implicaciones directas sobre el cambio climático.
Si estos datos consiguen provocar en nuestra conciencia un respingo de preocupación, la parte positiva es que como usuarios de estas herramientas de IA, como bibliotecas e instituciones GLAM podemos participar de una manera más sostenible y eficiente para minimizar el impacto y contribuir a la lucha contra el cambio climático: reducir a la mitad la extensión de una respuesta puede disminuir el consumo energético hasta en un 54 %[7]. Ahí reside la fuerza del Green Prompting: pequeños cambios de hábito con un efecto ambiental real y medible.
Todo esto trasladado al ámbito bibliotecario, integrar al usuario significa tres cosas: alfabetizar -en sostenibilidad digital, no solo en competencias informacionales de la IA-; visibilizar -con datos contextualizados y comprensibles, no con cifras abstractas- ; y corresponsabilizar.
Las Directrices de la IFLA para Bibliotecas Verdes[8] [9], ya incorporan el uso de la inteligencia artificial como principio de eficiencia de recursos -limitarlo a lo estrictamente necesario-, pero todavía no ofrecen herramientas de medición que permitan tomar conciencia. Ahí está el reto pendiente: pasar del principio de contención a la medición y la trazabilidad reales. Pequeñas acciones sucesivas, suman: búsqueda a búsqueda, prompt a prompt.
¿Qué cambios en la cadena de suministro de libros físicos son urgentes para reducir el impacto ambiental?
Permíteme una matización honesta: la cadena de suministro del libro físico: papel, tintas, impresión, transporte, distribución, gestión del fin de vida, no es mi línea de investigación, que se centra en el impacto ambiental del ecosistema digital y, en concreto, en las emisiones de alcance 3 derivadas del uso de IA generativa. Aunque no sea mi campo de acción, sí puedo aportar el marco que considero irrenunciable: cualquier intervención en esa cadena debería medirse con una lógica de ciclo de vida completo y de alcance 3, además de los alcances 1 y 2, integrando las emisiones indirectas de proveedores y transporte, que son precisamente las más difíciles de cuantificar y las que con más frecuencia quedan fuera de los inventarios. Y una advertencia que sí me parece relevante: el papel no es el enemigo, y digitalizar no está relacionado, de manera automática, con lo más sostenible. La digitalización masiva, el almacenamiento redundante a perpetuidad y la preservación digital sin criterio tienen su propia huella, a menudo invisibilizada. Esto debemos tenerlo presente. Debemos ser muy conscientes de los efectos que tienen esos «trasteros digitales» en los que acumulamos sin una estrategia clara.
El cambio urgente es decidir teniendo en cuenta estas premisas: medir antes de sustituir, y aplicar el principio de proporcionalidad tecnológica, reservando lo intensivo en recursos para aquello donde aporte valor diferencial.
¿Es posible una biblioteca 100 % sostenible sin sacrificar la calidad del servicio?
El 100 % lo dejaría como horizonte que orienta, no como meta literal: en sostenibilidad, la honestidad obliga a desconfiar de las cifras absolutas tanto como del «greenwashing», lo que viene siendo «eco postureo». La sostenibilidad y calidad del servicio no están reñidas.
La gobernanza ambiental se sostiene sobre tres verbos: medir, reducir y, cuando ya no se puede reducir, compensar. Una biblioteca que mide su impacto, incluido el digital, no presta peor servicio; presta un servicio más consciente, más eficiente y transparente ante la ciudadanía a la que debe rendir cuentas. En el caso de estudio de la investigación que llevé a cabo, la monitorización del impacto ambiental del uso de la IA generativa no disuadió del uso de la tecnología ni mermó la productividad: catalizó prácticas mejores y más eficientes. La calidad no se sacrifica; se cualifica. Lo que sí exige es voluntad institucional, formación del personal y la decisión de no limitarse a los discursos declarativos. La sostenibilidad perfecta no existe; la sostenibilidad rigurosa, gestionada procedimiento a procedimiento, sí, y es plenamente compatible con la excelencia.
¿Qué esperas de las XXIII Jornadas Bibliotecarias de Andalucía?
Espero encontrar un espacio multidisciplinar y prismático en el que las miradas se cruzan y el conocimiento se comparte sin reservas, que es como entiendo la investigación. Las bibliotecas, los archivos y los museos, comparten desafíos y preocupaciones por la sostenibilidad que, con frecuencia, abordamos por separado. Un foro como este, que se atreve a poner juntos «libros y kilovatios», hace justo lo que hace falta: conectar la práctica bibliotecaria cotidiana con la urgencia climática y con la huella, cada vez mayor, de nuestra transformación digital.
Tengo una vinculación personal y profunda con Andalucía, así que formar parte de las jornadas para hablar de sostenibilidad en las instituciones GLAM, tiene para mí un valor añadido. Espero aprender tanto como pueda aportar; salir con preguntas nuevas más que con certezas cerradas; y, sobre todo, contribuir a tejer ese «hilo resistente» de la sostenibilidad digital entre profesionales que comparten el convencimiento de que cada acción, por pequeña que parezca, suma. Si de estas jornadas salen alianzas y prácticas concretas, y no solo buenas intenciones, habremos cumplido con creces. Por eso animo a colegas de bibliotecas, archivos y museos a plantear sus dudas, a compartir sus prácticas y también a trasladar su escepticismo, porque de ese cruce de miradas saldrá un debate del que todos aprenderemos. La sostenibilidad digital no es asunto de especialistas: nos interpela a toda la profesión y a todos como ciudadanos.
¿Qué opinión te merece el trabajo de la AAB en favor de la profesión?
La Asociación Andaluza de Bibliotecarios lleva décadas haciendo una labor que considero esencial y, con frecuencia, poco reconocida: vertebrar y dignificar la profesión, dar voz al colectivo, sostener una formación continua de calidad y mantener viva una comunidad profesional cohesionada en torno a unas jornadas que son ya una referencia nacional, no solo regional. En tiempos de transformación acelerada, donde la inteligencia artificial y la digitalización lo reconfiguran todo, el papel de las asociaciones profesionales se vuelve más necesario que nunca: son las que acompañan al profesional para que no afronte estos retos en solitario ni por la vía autodidacta, que, como sostengo en mi trabajo, comporta riesgos serios a nivel organizativo y ético.
Que la AAB haya tenido la sensibilidad y la valentía de situar la sostenibilidad de las prácticas bibliotecarias en el centro de un foro de sus jornadas dice mucho de su capacidad para anticiparse a los debates que importan. Eso es ejercer un liderazgo profesional real: no esperar a que la sostenibilidad nos venga impuesta por la norma, sino abrazarla por convicción.
Como subrayó la primatóloga Jane Goodal, «tenemos la capacidad de elegir qué tipo de huella dejamos». Está en nuestras manos y por eso, mi opinión no puede ser más que de reconocimiento y gratitud.
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[1] Trabajo Fin de Máster de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M): «Impacto ambiental del uso de la Inteligencia Artificial Generativa en la Administración Pública. Medición de la huella de carbono: el caso del Ayuntamiento de Riba-roja de Túria», dirigido por la profesora Eva Mª Méndez Rodríguez, Catedrática del Departamento de Biblioteconomía y Documentación.
[2] Bolón-Canedo, V., Morán-Fernández, L., Cancela, B., y Alonso-Betanzos, A. (2024). A review of green artificial intelligence: Towards a more sustainable future. Neurocomputing, 599,128096. https://doi.org/10.1016/j.neucom.2024.128096
[3] Wu, J. et al. (2022), citado en Caravaca, F., Cuevas, Á., y Cuevas, R. (2025). From Prompts to Power: Measuring the Energy Footprint of LLM Inference. https://doi.org/10.48550/arXiv.2511.05597
[4] Martínez Santos, P. (5 de junio de 2025). ¿Cuánta agua consume la inteligencia artificial? Madri+d. https://www.madrimasd.org/notiweb/noticias/cuanta-agua-consume-inteligencia-artificial
[5] Paredes, J. L., Smith, E., Druck, G., y Benson, B. (n.d.). More Articles Are Now Created by AI Than Humans. Five
Percent (Graphite). https://graphite.io/five-percent/more-articles-are-now-created-by-ai-than-humans
[6] Cumbre sobre el impacto de la IA celebrado en febrero de 2026 en India: https://impact.indiaai.gov.in/
[7] UNESCO. (2025). Smarter, Smaller, Stronger: Resource-Efficient Generative AI & the Future of Digital Transformation:
https://unesco.org.uk/site/assets/files/22732/394521eng.pdf
[8] Hauke, P., Mocatta, A., y Pun, P. (eds.) (2026). IFLA Guidelines for Green Libraries. The Hague: IFLA, sec. 1.4.5. https://repository.ifla.org/handle/20.500.14598/7005
[9]Hauke, P., Mocatta, A., y Pun, P. (eds.) (2026). IFLA Guidelines for Green Libraries. The Hague: IFLA, sec. 1.4.5. https://repository.ifla.org/handle/20.500.14598/7005